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viernes, 14 de febrero de 2014

Corzos, los casi invisibles habitantes del bosque.

CUADERNO DE CAMPO


Son ágiles, huidizos, habitan en la espesura del bosque y si salen de ella es por la noche para no ser vistos. Quien lo consigue, aunque solo sea una fugaz visión, queda encantado para siempre. No, no se trata de duendes ni de ninfas del bosque, aunque bien podrían serlo, se trata del cérvido más pequeño de Europa, una maravilla de la naturaleza que si somos discretos y nos acercamos a la Sierra con respeto y en silencio, tendremos el premio de llegar a conocer. 
Son los corzos: Capreolus capreolus.
Macho adulto de corzo.
Se pueden observar las astas con tres puntas y los ornamentos de su base.
Así es, los corzos son relativamente abundantes en la Sierra de Guadarrama, pero muy pocos son los que llegan a observarlos. El secreto: acudir al amanecer y ser muy silencioso, mirar con atención desde la distancia, no hacer movimientos bruscos y quedarse quieto, a la espera, en algún lugar discreto, especialmente cerca del agua. Solo así y con suerte, conseguiremos descubrirlos.
Pero si no son fáciles de ver, sí que es fácil encontrar sus huellas en la nieve y estos días nos están ofreciendo inmejorables condiciones para ello. 

Rastros y huellas



Las huellas de corzo son pequeñas (4-4,5cm) y estrechas, mucho menores que las de cabra montés (7 cm), que también podremos encontrar en la Sierra, aunque normalmente en zonas más altas y despejadas.
Si andan sobre suelos duros, barro o nieve poco profundos, solo se marcan las dos pezuñas anteriores que son largas y estrechas, con las puntas más cerradas cuando andan despacio y más abiertas cuando se desplazan a saltos.

Huella de corzo en la nieve.
Se observa la marca de las pezuñas principales y las pequeñas secundarias
correspondientes a los dedos exteriores o traseros.
Pero si el suelo es blando y profundo se marcan las pezuñas secundarias, correspondientes a los dedos externos, que están más altas. Además, con un poco de suerte podremos observar que si el animal camina despacio coloca las pezuñas traseras en el mismo hueco que dejaron las delanteras y por eso vemos cuatro pequeñas marcas posteriores. Cuando corren o saltan las huellas de las patas traseras se van adelantando a las anteriores.

En esta huella se aprecia perfectamente que la huella de la pata trasera
ha coincidido sobre la de la pata delantera
y por eso hay una marca doble de las pezuñas secundarias.
Otro rasgo que nos puede ayudar a identificar las huellas de corzo es que suelen ir en solitario, especialmente los machos, o en grupos muy reducidos como una hembra con una o dos crías. Por el contrario, la cabra montés suele ir en grupos grandes. Lo mismo puede decirse del ganado doméstico, en el caso de que cabras u ovejas hayan pastado en la zona.
Juego de huellas dejado por dos ejemplares que van en la misma dirección
o el mismo que ha pasado dos veces seguidas.
Según las características del terreno las huellas quedan marcadas de una u otra forma, pero en general podremos observar que, al tener las patas tan finas, sus huellas se hunden mucho en la nieve. Si coincide que veamos en el mismo lugar y momento las huellas de un zorro, por ejemplo, veremos que son prácticamente la mitad de profundas, debido a que son más anchas para un peso menor.

Huellas de corzo dejadas mientras baja una pendiente acusada.
Se aprecian las marcas dejadas por las pezuñas al avanzar,
no es que haya patinado.
Huellas dejadas por el mismo animal que la imagen anterior
pero en sentido contrario, cuando subía la misma pendiente.
Siguiendo los rastros, no tardaremos en descubrir otras señales de su actividad, como los excrementos o las marcas de haber comido. 

Excrementos situados en medio de uno de sus rastros.
En este caso el animal se paró para defecar y orinar,
pero en otras ocasiones defecan mientras andan y son menos abundantes.
Astas, que no cuernos
Los corzos macho tienen astas, el tipo de cornamenta propio de los cérvidos, que se muda cada año y que es una estructura solo de hueso. Las astas, salvo deformación, llegan a tener tres puntas (recordemos que nada tienen que ver con la edad del animal) y no se abren lateralmente como en los ciervos y gamos. Esta es una adaptación a la vegetación espesa, pues entre los matorrales, donde buscan refugio, se enredarían. En las peleas de la época de celo los cuernos paralelos y estrechos podían ser un inconveniente pero no resbalan y se clavan, porque en su base tienen unos abultamientos, llamados perlas, que están más desarrollados cuanto mejor es el estado de salud del animal.
Tronco de unos 25 cm de diámetro marcado por los cuernos del corzo
la corteza queda alisada y libre de musgos y líquenes.
Cuando las astas van creciendo están recubiertas de una piel suave con muchos capilares sanguíneos que al alcanzar el máximo desarrollo se seca y cae.
Tanto para desprenderse de los restos de piel seca como para desfogarse en su incipiente celo, los machos frotan y envisten el tronco de arbolillos jóvenes, desgastando su corteza de manera característica. No hay que confundir ese desgaste con el que hacen los jabalíes en los árboles cercanos a charcas, que suelen tener restos de barro y pelos.

Punto donde los corzos han escarbado en la nueve para comer la hierba que hay debajo.
Dando la nota con el celo
Los corzos no entran en celo en otoño, como los cérvidos más grandes, sino en pleno verano, de mediados de julio a finales agosto. No forman harenes, los machos cubren a las hembras cuyos territorios se solapan con el suyo, aunque a veces se unen en pareja con alguna de ellas durante todo el año. Su reclamo es un ladrido ronco que se puede escuchar a distancia, aunque no consigamos ver a su protagonista. Aún siendo territoriales, los machos se soportan en cierto grado durante el invierno, pero en época de celo son muy intolerantes y se enfrentan con fiereza a sus vecinos.
El rastro de huellas en la nieve muestra que los corzos se han detenido a comer
en este rincón, junto un vallado de piedras, para ramonear hojas de acebo Ilex aquifolium.
Curiosamente ha comido una rama donde las hojas tienen menos espinas.
Un embarazo con intermedio
Las crías nacen entre mayo y junio ¿quiere esto decir que tienen una preñez de 10 meses? No, lo que ocurre es que el embrión detiene su desarrollo apenas a los 15 días de la fecundación y no se reinicia hasta el mes de enero para que así las crías no nazcan en invierno, sino con la primavera bien avanzada, cálida y con abundante alimento. Es un fenómeno denominado implantación retardada, muy común en otros mamíferos (especialmente mustélidos), pero único en el corzo entre los artiodáctilos.
En este caso lo que han comido los corzos es el extremo de las ramas de un arce, donde se encuentran las nutritivas yemas durmientes, que se abrirían la próxima primavera. 
Cría de corzo: NO TOCAR
A las crías de corzo se les llama corcinos y, como otros cérvidos y animales de bosque, nacen con un bonito diseño manchado que les sirve para pasar desapercibidos cuando están escondidos en la espesura, tumbados, mientras su madre se alimenta o porque se aleja para distraer la atención de sus posibles enemigos. Por eso es muy importante que si llegásemos a encontrar un corcino tumbado en el suelo del bosque no nos acerquemos y ni mucho menos lo toquemos, porque su madre estará en los alrededores y acudirá cuando nos hayamos alejado. NO ESTÁ ABANDONADO y no corre peligro si le dejamos tranquilo y nos alejamos cuanto antes.
Jara estepa Cistus laurifolius, parcialmente comida.

Comer y ser comidos.
Los corzos viven y se alimentan en las zonas más espesas del bosque. Aunque les gusta salir a comer hierba a zonas despejadas de vez en cuando, su alimento se basa más bien en las hojas de muy diversos arbustos y arbolillos jóvenes. Siguiendo las huellas en la nieve se puede ver cómo se acercan a las masas de matorral dejando las ramas mordidas y sin hojas: zarzas, rosales silvestres, acebos, espino cerval y cualquier otro que haya en su entorno, así como las ramas bajas de cualquier árbol, dándoles una poda natural.
Prefieren los bosques mixtos, donde se mezclen pinos, con hojas todo el invierno para esconderse, y árboles de hoja caduca, que les ofrecen mejor alimento.
En Europa los corzos son el principal alimento de los lobos y donde coinciden con el lince, éste puede depredar a los corcinos.

Se puede ver la ficha del corzo en la web Vertebrados Ibéricos pinchando AQUÍ.
Y más sobre huellas en la nieve pinchando AQUÍ.


jueves, 12 de diciembre de 2013

Vídeo. Señales olorosas de los topillos nivales

INVESTIGACIÓN
La semana pasada veíamos las huellas en la nieve de algunas especies de mamíferos muy sencillas de identificar. Hoy vamos a mostrar otras muy fáciles de ver, pero más complicadas de interpretar. Las del topillo nival. De hecho, si pude identificar estas de la foto es gracias a que vi a su protagonista corriendo entre un matorral y otro, con su rabillo levantado como el trole de un tranvía.
Los topillos son capaces de hacer túneles por debajo de la capa de hierba para desplazarse sin ser vistos por los depredadores y, cuando la nevada es más espesa que la de estas semanas pasadas, también circulan por galerías bajo la nieve. Esto no les vale de mucho ante los inteligentes zorros, que son capaces de descubrirlos por el oído y saltar sobre ellos atrapándolos con las patas delanteras contra el suelo.
Pero lo que hoy traemos al blog es otro aspecto de la vida de los topillos nivales, sus señales olorosas, que han sido estudiadas por los científicos del Museo en El Ventorrillo y dado a conocer por la Sociedad Española de Etología en uno de los capítulos de su excelente serie sobre comportamiento animal.




Los topillos nivales son unos interesantes roedores de montaña, con un área de distribución bastante restringida y muy importantes en el ecosistema entre otras razones por ser presa de carnívoros, serpientes y rapaces diurnas y nocturnas. Aunque para la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza su categoría es de Preocupación Menor, sus poblaciones al estar en zonas montañosas, son sensibles al aislamiento y extinción local. De hecho, en Andalucía, las poblaciones de Sierra Nevada, se consideran En Peligro de Extinción y muy vulnerables al cambio climático.

Además, parece que hay una estrecha relación entre los topillos y las quitameriendas, Merendera montana, una flor muy conocida por los excursionistas serranos. De ello se habla en este enlace.

Topillo nival, Chionomys nivalis Martins, 1842.

Subfamilia: Arvicolinae
Familia: Cricetidae
Orden: Rodentia

Más estudios de los autores sobre el topillo nival:

Luque-Larena, J. J., López, P. & Gosálbez, J.Luque-Lanrena, (2006). Organización social y comunicación química del topillo nival. Quercus 248: 37-41. 

Luque-Larena, J. J., López, P. & Gosálbez, J. (2004). Spacing behavior and morphology predict promiscuous mating strategies in the rock-dwelling snow vole, Chionomys nivalis. Canadian Journal of Zoology, 82: 1051-1060.

Luque-Larena, J. J., López, P. & Gosálbez, J. (2003). Male dominance and female chemosensory preferences in the rock-dwelling snow vole. Behaviour 140: 665-681.

Luque-Larena, J. J., López, P. & Gosálbez, J. (2002). Responses of snow voles, Chionomys nivalis, towards conspecific cues reflect social organization during over-wintering periods. Ethology 108: 947-959.

Luque-Larena, J. J., López, P. & Gosálbez, J. (2002). Levels of social tolerance between snow voles Chionomys nivalis, during over-wintering periods. Acta Theriologica, 47: 163-173.

Luque-Larena, J. J., López, P. & Gosálbez, J. (2002). Relative dominance affects use of scent-marked areas in male snow voles Chionomys nivalis. Ethology 108: 273-285.

Luque-Larena, J. J., López, P. & Gosálbez, J. (2002). Microhabitat use by the snow vole Chionomys nivalis in alpine environments reflects rock-dwelling preferences. Canadian Journal of Zoology 80: 36-41.

Luque-Larena, J. J., López, P. & Gosálbez, J. (2001). Scent matching modulates space use and agonistic behaviour between male snow voles Chionomys nivalis. Animal Behaviour 62: 1089-1095.

Luque-Larena, J. J. & Gosálbez, J. (2007). Chionomys nivalis (Martins, 1842) Topillo nival, pp.410-412. In: Atlas y Libro Rojo de mamíferos terrestres de España.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Leyendo huellas en la nieve

CUADERNO DE CAMPO
La nieve es un regalo para el monte. Y también para los naturalistas porque abre nuevas posibilidades de observación, además de la posibilidad de saber algo de los mamíferos, que normalmente permanecen ocultos a nuestros ojos. Muchos de ellos son de hábitos nocturnos, bien de manera natural o porque la presencia de gente les obliga a permanecer escondidos durante el día. 
La nieve, en la primera hora de la mañana, nos brinda una ocasión de oro para leer el folio en blanco en que se ha convertido el suelo. Las andanzas del raposo, la ardilla o del jabalí no están escritas con tinta, sino en relieve, como misteriosas runas, y generalmente duran poco, nuevas nevadas, el sol, el viento y otros paseantes no tardan en borrarlas si somos perezosos.
Hoy vamos a mostrar algunas de las más fáciles de encontrar e identificar.

Rastro de ardilla, Sciurus vulgaris.
Una cautelosa ardilla paseó por la parte superior de este muro, a saltitos, como tienen por costumbre, dejando las huellas de las patas traseras por delante de las delanteras. En el suelo las ardillas van saltando como los niños que juegan a pídola y así dejan sus huellas.
Huellas de ardilla, Sciurus vulgaris

El raposo ha cruzado la carretera y ha dejado sobre el asfalto la impronta de su desplazamiento. Es curioso que parece que los zorros anduviesen con el cuerpo torcido porque sus rastros siempre tienen una curiosa inclinación. Es un efecto producido por las patas de detrás al casi solaparse con las huellas de las de delante. También podemos ver que cuando van hacia abajo las huellas están más separadas que cuando suben una cuesta, como en este caso.

Rastro de zorro, Vulpes vulpes.
Esta es su huella, que nos resulta más fácil de leer porque la capa de nieve es fina y queda marcada contra el negro suelo. A la izquierda una pata delantera y a la derecha la pata trasera, algo más alargada.
Huellas de zorro, Vulpes vulpes.
La huella del zorro puede ser confundida con la de un perro de talla mediana o pequeña, pero hay un truco para no equivocarse. En el dibujo, un poco exagerado para remarcarlo, la línea roja señala que la marca de las almohadillas de los dedos centrales están claramente por delante de los exteriores. En los perros las huellas de los dedos externos quedan más adelantados y no se puede trazar esa línea sin pasar por encima de ellas.
Otro rastro que puede identificarse fácilmente, aunque en zonas bastante más altas, es el de la cabra montés, con las fuertes pezuñas bien marcadas, afiladas como un piolet para sujetarse a las rocas.
Rastro de cabra montés, Capra pyrenaica.

Huella de cabra montés, Capra pyrenaica.

No siempre es fácil saber a qué animal corresponden las huellas. La fusión de la nieve, el que sea más blanda, reciente o casi congelada, hace variar su tamaño e incluso su forma. Esas patitas del lado izquierdo de la foto igual pueden ser de comadreja que de algún otro animal.
Huellas en la nieve de varios días.
Sin embargo, las hay inconfundibles, como la del jabalí, que además de dejar bien marcadas las pezuñas delanteras, marca en los suelos blandos las uñas de los dedos traseros.
Huella de jabalí, Sus scrofa.

También las aves dejan sus huellas características, pero habiendo tantas especies de tamaño parecido, a veces es difícil saber a cual pertenece un rastro si no las hemos visto antes desde la distancia. Nos puede ayudar un poco conocer las especies más características de la zona en cuestión y su forma de andar. Por ejemplo, en la siguiente foto se ve el rastro de una urraca, que no se desplaza a saltos, como otros pájaros, sino andando, y además metiendo un poco las patas hacia adentro. Fácilmente te la imaginas moviendo la cabeza a un lado y a otro observando en entorno con su inteligente mirada, paso a paso.

Rastro de urraca, Pica pica.

Pero las huellas no solo nos muestran la forma de andar de los animales, también algunos aspectos de su comportamiento. En la foto anterior el momento de posarse, con las dos patas juntas y luego como se pone a andar y cómo se echó a volar, donde termina bruscamente. También podemos ver si van solos o acompañados o, como en el siguiente ejemplo, dónde buscan su alimento. 
Rastros de estorninos negros, Sturnus unicolor.
Un grupo de estorninos negros han estado hurgando en una boñiga de vaca enterrada en la nieve. Posiblemente buscaban semillas e insectos. Es curioso que en otros momentos del año estos excrementos no son tan atendidos, pero el invierno es largo y duro, y hay que aprovechar los recursos al máximo.